post mortem es mucho más que un poemario: es un viaje emocional por los territorios donde la vida y la muerte se entrelazan sin remedio. Àm Acevedo construye un universo lírico en el que la muerte no es un final, sino una puerta, un espejo y, en ocasiones, una amante. Desde el primer poema hasta el último, el lector queda atrapado por una voz que oscila entre lo íntimo y lo universal, entre la nostalgia caribeña y la melancolía atlántica.
El libro se divide en secciones que funcionan como capítulos de una misma obsesión: la muerte como destino, pero también como transformación. En poemas como “réquiem para un copo de nieve” o “Muerte, Cae Sobre Mi Domada Frente”, el autor juega con imágenes que conmueven por su delicadeza y su crudeza. La nieve que muere al caer, el cangrejo moribundo que se convierte en espejo del alma, o el virus que celebra su victoria efímera son símbolos que trascienden lo literal para hablar de la fragilidad humana.
Uno de los mayores logros de post mortem es su capacidad de integrar lo erótico, lo místico y lo político sin que ninguna dimensión opaque a las otras. “Crónica de un Embrujo Hermoso” es una muestra perfecta de ello: la seducción se convierte en ritual, en embrujo, en arte. La mujer amada es a la vez princesa de la oscuridad y musa luminosa. El deseo se escribe con sangre, con tinta negra, con saliva. Acevedo no teme al exceso, y ese arrojo es precisamente lo que hace que sus versos se claven en la memoria.
La serie poética “el amor feroz y atlántico de la princesa taína y el príncipe connell” es una pequeña epopeya que une a Irlanda y Puerto Rico, lo celta y lo taíno, el océano y la piedra. Es un relato de amor torturado por la distancia, la muerte y la esperanza de reencuentro. La inclusión de términos y notas al final demuestra el cuidado del autor por hacer accesible su mundo sin renunciar a la profundidad.
No menos valioso es el “Libro de Encantos”, donde Acevedo coquetea con lo oculto, lo esotérico y lo ceremonial. Allí la poesía se vuelve conjuro, invitación a quemar libros antiguos y a renacer entre cenizas.
Es imposible no sonreír con “Oda a la mugre” o con “querida srta. bolígrafo”, dos momentos de humor y ternura que demuestran que el autor sabe también reírse de sí mismo.
En definitiva, post mortem es un libro para leer despacio, para subrayar, para volver. Es una obra que habla de la muerte, sí, pero sobre todo habla de la vida: de la pasión, del desarraigo, de la amistad, del amor que insiste más allá del último aliento. Àm Acevedo ha escrito un poemario valiente, sensual y profundamente humano. Un libro que, como los copos de nieve que lo habitan, se derrite en el lector y deja una huella imborrable.

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